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Mi primera entrada de blog

El fénix renace de las cenizas y eso es lo que estoy haciendo con este blog

Esta es la primera entrada de mi blog. Me animé a hacer este blog porque acabo de pasar por la experiencia más difícil de mi vida. La endometriosis para mi ha sido una gran hermana, una gran cruz, un enigma, una maestra, todo y nada a la vez. Deseo que mis endohermanas a nivel mundial puedan contar su historia o leer las historias de otras como yo y no sentirse solas. No sentir que son las únicas que están sufriendo y que están llenas de dudas. A mi me pasó y me hubiera encantado en el camino tener más orientación. Sueño tener una comunidad de endohermanas empoderadas que se ayuden las unas a otras y que ayudemos a otras hermanas con nuestros testimonios a que la endometriosis sea detectada cada vez más tempranamente y que las soluciones sean accesibles a todas las mujeres sin importan de dónde vienen o su condición socioeconómica.

Aprendiendo de la endometriosis (a patadas)

Ahora que lo pienso bien, mi primera regla fue a los 12 años y no fue hasta los 27 que me diagnosticaron con nombre y apellido la endometriosis. Es decir, 15 años más tarde. Quince largos años de dolor, frustración, locuras (terapias alternativas) y de no saber que estaba contra el reloj, porque hasta ese momento no lo sabía.

Un día del 2010, buscando una segunda opinión acompañé a mi mamá donde su ginecólogo de toda la vida. Él le había hecho una histerectomía a los 36 años y mi mamá confiaba mucho en él. Ese médico es muy bueno a nivel profesional pero no tiene a veces mucho tacto, es muy directo. Cuando mi mamá le contó que me habían operado hace poco y que el diagnóstico era endometriosis severa, él me dijo de manera directa y sin pelos en la lengua: «Tienes que embarazarte ya mismo, debes tener un hijo urgente ya que después no vas a poder» Yo me quedé estupefacta ante su «sugerencia». No podía creer lo que me estaba diciendo. ¿Acaso se había vuelto loco?

Mi respuesta fue: «Me acabo de comprometer, me caso el próximo año, no entiendo porque debería tener un hijo así de manera alocada». No recuerdo lo que me dijo después, yo estaba tan molesta que no escuchaba claramente sus palabras. Me fui del consultorio muy ofuscada y juré nunca más verlo nuevamente.

Años más tarde cuando recuerdo ese episodio, me da pena porque creo que si él me hubiera explicado eso bien (con calma y no de una manera tan ruda) y yo hubiera tenido un poco más de información de la enfermedad en ese momento las cosas se hubieran podido hacer distintas. Por eso insisto en que espero que de algo les sirva mi experiencia a los lectores.

2010: el primer acercamiento real

El 2010 fue un año muy especial para mi. En el 2008 había conocido al chico de mis sueños, fue amor a primera vista. Nos enamoramos muy profundamente desde la primera vez y hasta nos queríamos casar de inmediato, luego pensándolo mejor decidimos esperar un poco. Fue así que en el 2010 en un viaje sorpresa a unas islas paradisiacas del caribe él se arrodilló frente al mar con el anillo más bello que yo había visto en mi vida y me hizo la pregunta ¿Te quieres casar conmigo? Hasta ahora seguimos juntos, no solo es el amor de mi vida, mi mejor amigo y compañero sino que es un gran apoyo para mi en todos los momentos difíciles que he pasado.

Ese mismo año de la pedida oficial de mano, me hicieron la primera operación laparoscópica. Yo había estado con muchos dolores, dolores en aumento que yo sentía no solo estaban ubicados en la zona pélvica sino en otros lados. ¿Me lo estaba inventado o era verdad? El ginecólogo que en ese entonces me veía intentó darme pastillas y otros tratamientos que no funcionaron y fue ahí que me dijo que lo mejor era operar para confirmar el diagnóstico que él pensaba que yo tenía: Endometriosis. ¿Endo qué? No recuerdo si antes había oído hablar de esa enfermedad. Solo recuerdo que por los dolores tan graves que tenía accedí a la cirugía.

La operación no duró tanto y fue relativamente sencilla. Entiendo que era más exploratoria. Al salir de recuperación y ya cuando el efecto de la anestesia general había pasado el médico ginecólogo confirmó el diagnóstico, tenía endometriosis y no cualquiera sino endometriosis severa.

Me sentí muy confundida pero a la vez aliviada porque los dolores tan espantosos que sentía eran ocasionados por eso. ¿Cuáles eran los siguientes pasos? ¿Qué debía hacer? El médico me había explicado que durante la operación había «limpiado los focos de endometriosis que había encontrado» pero ¿Qué significaba eso? ¿Qué ya todo estaba resuelto? ¿La enfermedad se había ido? No entendía mucho y claramente el ginecólogo que me trataba en ese momento tampoco conocía bien la enfermedad.

El próximo año me iba a casar entonces estaba enfocada más que todo en la ilusión de mi boda. Lo de la endometriosis no me quedaba muy claro. Ya me habían operado ¿Qué más podía pasar?

Buscando una solución (desesperada) al dolor

Luego de los 18 años, los dolores continuaron en aumento a pesar de las pastillas anticonceptivas. Fue entonces que me enfoqué de manera absoluta en encontrar el porqué de esos dolores para poder llegar a una solución. Recuerdo que todos mis primeros sueldos de mi primer trabajo me los gasté en un médico homeopático famoso que me mandó a tomar unos preparados y me pidió hacer un cambio de dieta. Respeto mucho la homeopatía y la medicina alternativa pero creo que en este caso no sé si no me fue bien con él porque 1) no sabía exactamente lo que yo tenía 2) porque yo no tenía tanta fe o 3) porque simplemente se me acabó el dinero. El tratamiento era carísimo y a largo plazo, por eso lo dejé al poco tiempo.

Los siguientes años en los inicios de mis veintes los pasé soportando el dolor, tomando cada vez más analgésicos y además tratando de encontrar soluciones desde el plano más espiritual. Mi hermana me introdujo con diversos autores, una en particular que afirmaba que nosotros podíamos solucionar y curar todo lo que estaba en nuestro interior. Así que me enfoqué mucho en eso. En encontrar las causas de ese dolor y las soluciones que yo misma me podía ofrecer para sanar.

Durante muchos años realicé diversas terapias alternativas para sanar. Ahora que lo miro en retrospectiva me da risa y pena a la vez. Estaba tan desesperaba por sanarme que hubiera hecho lo que sea por liberarme de ese dolor. Voy a listar algunas de las terapias que hice buscando encontrar soluciones. No quiere decir que estas terapias no funcionen, al contrario, muchas son muy buenas, pero creo que yo estaba buscando una solución externa a algo que era interno y eso no lo podía ver (al menos en esos años).

Voy a mencionar las terapias que me acuerdo y sin un orden en particular (han sido tantas que he perdido la cuenta) He hecho healing touch, quantum touch, alineación de chakras, me he inyectado mi propia sangre (auto-sanguis), me inyectaron también el veneno de un sapo (Sapito Kambó), he hecho registros akashikos, constelaciones familiares, biomagmetismo, carta astral, seguí cursos de astrología y reiki (nivel I y II), he hecho la cabaña del sudor (que es como un temazcal), he tomado diversos preparados, vitaminas, homeopatía, flores de bach hasta he tomado MMS. En el camino conocí a «sanadores» de todo tipo, los buenos, los malos (que solo quieren lucrar). Estuve en largas terapias por mucho tiempo sin mucho resultado. Cuando estuve en la selva una vez fui donde una maestra que siento que sí me ayudó, al menos me dio paz. He pasado por personas que supuestamente hablan con ángeles, por astrólogos famosos, incluso una vez contraté a un chamán, que solo me estafó a mi y a mi familia. Estuve saltando de terapia en terapia porque nunca perdía la esperanza de sanar de manera milagrosa: «Esta nueva terapia sí me va a curar por completo» me decía y así renovaba y depositaba mi fe en cosas externas a mi.

Claro que me da vergüenza contar todo lo que he hecho, seguro pensarán que soy o estaba loca. Pero la verdad es que lo hago para sanar internamente (sí, al contar mi historia me sano) y además lo cuento porque si de algo les puede servir mi experiencia a las chicas o mujeres que me leen pues me sentiré más que satisfecha.

Nuevamente insisto, que no estoy diciendo que estas terapias sean malas o una estafa. Considero que algunas son muy buenas y que han ayudado muchísimo. Pero a mi no me ayudaron o lo hicieron poco. Yo estaba tan desesperada por sanar que perdía el foco con facilidad. El dolor me nublaba y a veces el papel de víctima también me ganaba cuando me preguntaba porqué me pasaban estas cosas, porqué el dolor, porqué a mi.

Ahora que miro al pasado estoy segura que con todo lo que gasté en estas terapias me hubiera podido comprar fácilmente un carro de lujo jaja o invertido ese dinero en otra cosa. De todas maneras, no lo cambio por nada, esa ha sido mi experiencia de vida y forma parte de lo que soy.

Volviéndome normal

A los 18 años aproximadamente los dolores menstruales continuaban y el número de días en que duraba la regla también se alargaba. Mi mamá me llevó a un ginecólogo quien recomendó tomar pastillas anticonceptivas para regular los dolores, hacer que los ovarios no trabajen y lograr que mis periodos sean más regulares, porque hasta el momento eran muy irregulares.

No recuerdo haber hecho hincapié en el dolor que sentía pues yo pensaba que era normal que la regla o menstruación te duela. Pensaba que a algunas mujeres les dolía más que otras y que ese era mi caso. Que debía aguantarme el dolor pues eso era lo que tocaba hacer y que esas pastillas seguro me ayudarían mucho a volverme «normal» es decir, tener una regla regular, sin dolor y con una duración aceptable.

Abril

Desde que tenía 14 años ya había escogido el nombre de mi hija. Mis amigas del colegio tenían dudas pero yo no. Abril era su nombre y me encantaba. Era perfecto, artístico, corto, poco común y bello. El hombre que se case conmigo debía amar el nombre y si en caso le pareciera un poco extraño yo debía encargarme de convencerlo de lo genial que era, hasta que lo llegara a amar locamente al igual que yo.

Mi primera regla fue a los 12 años, no recuerdo dolor pero sí una mezcla de sorpresa, temor, me sentía rara. Recuerdo que como me sentía tan avergonzada le pedí a mi mamá que no le cuente nada a mi papá. Al ser la hija mayor era la primera vez que en mi casa se experimentaba algo así. Mi mamá igual le contó a mi papá quien me dijo «Mi amor ya eres una mujercita» y me dio un gran abrazo. Yo claramente estaba muy incómoda y además enfadada con mamá por haberle contado a papá. ¿Mujercita yo? Claramente no me sentía así aún.

Recuerdo que como a los 14 o 15 años sí tenía dolor, al menos más que el dolor «normal» que experimentaban mis amigas del cole. Recuerdo un verano en el que me dolía mucho mucho y no podía bajar a la playa con mi familia y amigos por esta causa.

Con el tiempo comencé a tomar analgésicos que me ayudaban un poco y disimulaban el dolor pero en el fondo sabía que mi dolor no era normal a comparación de mis amigas.

Hola Endoguerrera, eres una EndoFénix

Soy una mujer de 36 años que ha decidido contar su historia de vida relacionada a la endometriosis luego de muchos años de sufrimiento y frustraciones. Hace menos de tres semanas estuve al borde de la muerte y esa experiencia me ha empoderado para tomar las riendas de mi vida y vivir me presente de manera distinta.

  • Este blog está dedicado a todas las niñas, adolescentes, mujeres a nivel mundial con endometriosis. A esas guerreras como yo, les dedico mi historia y les mando toda mi fuerza.
  • Les digo que sí es posible resurgir de las cenizas, aunque hayan tocado fondo y piensen que todo está perdido, pueden encontrar en ustedes mismas esa fuerza que necesitan para volver a nacer y esta vez con más fuerza y poder.

¡Les doy la bienvenida a mi historia que estoy segura también podría ser la tuya!